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El cielo del mes


Por:  Gonzalo Zaldivar Fraile

La democratización de la astrofotografía

Gracias a la irrupción de las nuevas técnicas digitales, hoy el aficionado dispone de posibilidades impensables 10 años atrás, cuando sólo estaban al alcance de observatorios y presupuestos profesionales. No es necesario recurrir a la wikipedia para comprender que el término "astrofotografía" hace referencia a la fotografía de los astros, es decir, de los cuerpos celestes. Hoy día, como iremos viendo más adelante, disponemos de un buen número de alternativas que nos permiten, según sean nuestros intereses y, en definitiva, nuestros medios, captar en una imagen o en conjuntos de imágenes animadas esos mismos cuerpos celestes.

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Pero desde luego, la idea no es reciente. Muy poco tiempo después de desarrollarse el daguerrotipo, un químico inglés, John William Draper, tuvo la feliz y lógica ocurrencia de aplicar una cámara fotográfica a un telescopio. El objeto que fotografió fue la luna, el más fácil de captar de todos los cuerpos celestes, por su alto brillo -a excepción del sol, claro está - y obtuvo una imagen de la luna llena en 1840.

Era inevitable y sólo cuestión de tiempo que alguien pensara en utilizar conjuntamente la cámara fotográfica y el telescopio, que, resumiendo mucho, no es más que un colector de luz, al igual que los objetivos.

De la misma forma que nuestros objetivos fotográficos son más o menos luminosos, tanto más potente será un telescopio cuanto mayor sea su apertura y en definitiva su capacidad colectora de luz. No en vano, los astros son luz o la reflejan. Una luz que puede haber sido emitida hace miles de millones de años, pero luz al fin y al cabo.

Cuerpos lejanos al alcance de la mano

Desde aquella primera astrofotografía de 1840 hasta las imágenes que hoy día nos llegan del telescopio espacial Hubble se han sucedido mejoras que afectaron primeramente a la óptica, después a la mecánica y finalmente a la electrónica. Se han situado al alcance de la mano de un mero aficionado con un equipo modesto posibilidades que hace sólo 10 ó 15 años eran absolutamente impensables y que quedaban tan sólo al alcance de presupuestos infinitamente mayores. Decimos "modesto" en comparación con los enormes desembolsos que eran necesarios hace unos años, pero no olvidemos que la buena óptica nunca ha sido precisamente barata.

Una de las principales características de la visión humana es que las células sensibles a la luz presentes en nuestra retina, los conos y los bastoncillos, captan distintas longitudes de onda, lo que hemos dado en llamar el espectro visible; la captan pero no la acumulan; es decir, lo que pueden apreciar es lo que llegamos a ver, y nada más. Y esta peculiaridad de nuestra retina es la que finalmente da sentido a la astrofotografía, ya que permite, según sean los tiempos de exposición y la apertura del telescopio, la acumulación de más luz, de más información en el soporte sensible, ya sea película o un sensor.

Y tal acumulación de luz nos ofrecerá mucha más información del objeto fotografiado, revelando detalles que para el ojo, aún mirando a través del más potente telescopio, quedarían ocultos. Uno de los mayores problemas con que lidia el aficionado a la astronomía es precisamente lo tenue de muchos cuerpos, como lejanas nebulosas, cúmulos estelares, galaxias y demás objetos del cielo profundo.

Telescopios con varias configuraciones

Desde el primitivo catalejo de Galileo de 1609, que le daba apenas 33 aumentos en su versión más avanzada, hasta la actualidad, han ido apareciendo otros tipos de telescopios, bien a base de lentes o de espejos -los llamado newtonianos-, o combinaciones de ambos elementos, como son los más modernos catadióptricos tipo Schmidt-Cassegrain. Según sean nuestros intereses, posibilidades y circunstancias nos deberemos inclinar por unos u otros, sin olvidar nunca que el principio básico es que vamos a observar cuerpos muy lejanos y por tanto muy tenues, y que lo primordial será recoger la mayor cantidad de luz posible. Como dice un compañero mío, "nada sustituye a la apertura".

Como iremos viendo, este planteamiento aún siendo válido, no es suficiente, ya que un sinnúmero de particularidades lo matizan. También en el caso de los telescopios la globalización y la aparición de unas cuantas marcas asiáticas, principalmente chinas, han conseguido acercar la astronomía al aficionado poniendo a su disposición equipos que en la mayoría de los casos son clónicos de marcas con gran tradición y probada solvencia, si bien no suelen alcanzar sus niveles de excelencia.

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La conexión de una cámara -siempre reflex, ya que nos permite retirar el objetivo y acoplar el cuerpo a un telescopio - se realiza mediante un adaptador, una anilla llamada T2, que posibilita a la vez controlar el tiempo de exposición según lo tenue que sea el objeto a fotografiar. Esto no ha variado, pero sí que ha supuesto una verdadera revolución la aplicación de la tecnología digital, el sensor frente a la película.

Antes, los aficionados debíamos utilizar películas ultrasensibles -y "ultracaras"- para poder captar objetos sumamente tenues sin alagar en exceso los tiempos de exposición, con los problemas que ello acarrea y que suponen por sí sólo un tema aparte -el llamado "seguimiento"-. Se requerían multitud de pruebas, intentos fallidos y berrinches hasta conseguir el resultado apetecido. Es decir, mucho tiempo y dinero. Sin olvidar que llevar al extremo la sensibilidad de la película nos daba un grano intolerable que desmerecía el resultado final.

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Actualmente, nuestros mejores aliados son las cámaras digitales, preferiblemente las reflex, aunque las compactas pueden tener también cierta utilidad, adaptando la cámara a la salida del ocular mediante un soporte.

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Capítulo aparte merece el tema del llamado "seguimiento", y es que si nos limitamos a tomar fotografías del cielo a través del telescopio, a poco que se alargue la toma, lo único que obtendremos son estelas de estrellas, pero no las imágenes puntuales y bien definidas que pretendíamos. Para ello debemos contrarrestar el movimiento aparente de las estrellas (en realidad es la Tierra la que se mueve en rotación sobre su propio eje). El modo de contrarrestar ese movimiento aparente es dotar a nuestro telescopio de unos motores que en sincronía con el movimiento de rotación terrestre sigan perfectamente al objeto y lo mantengan en la misma posición del encuadre durante toda la exposición.

Fotos con webcams

Otra posibilidad que existe ahora es acoplar al telescopio una webcam, sobre la que apenas hay nada que modificar salvo quitarle la lente y enroscar un adaptador que permite acoplar el aparato al telescopio.

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Con el software controlador de la cámara instalado en el ordenador podremos ver en la pantalla el objeto, a condición de que sea suficientemente luminoso, lo que, en la práctica, nos limita las posibilidades de la webcam a la luna y los planetas. Una vez grabado un video del objeto, lo "diseccionamos" en fotogramas con un programa adecuado, tipo Registax, elegiremos los mejores y los integraremos de tal forma que obtengamos una imagen final compuesta a partir de dichos fotogramas.

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Arriba, Saturno y sus anillos. La imagen es el resultado de un apilamiento y procesado de 80 imágenes procedentes de un video original compuesto de 889 imágenes. Equipo: Webcam Philips SPC 900NC, Barlow 2X y Meade LX90. Fotografía: Daniel Escudero.

Cámaras para fotografiar luz muy antigua

Por último, la tecnología que aún no está al alcance de todos los bolsillos pero que poco a poco va haciéndose más asequible, las cámaras CCD, que salvan la imitación de las webcam con unos sensores de mayor calidad y mucha mayor sensibilidad que sí nos permiten hacer tomas del cielo profundo, es decir, de objetos verdaderamente lejanos y tenues. En este caso, a diferencia de las webcam, si hacemos auténticas fotos con exposiciones más o menos cortas -cuanto más cortas, menos problemas de guiado y seguimiento- que luego integraremos o "apilaremos" para conseguir una imagen final.

Nos decían los manuales clásicos de astronomía que mirar al cielo es mirar al pasado, lo que es rigurosamente cierto; a nuestro objeto más cercano, la luna, lo vemos con un "retardo" de algo más de un segundo; la estrella más cercana, Alfa de Centauro, sólo visible desde el hemisferio sur, está a tal distancia que su luz tarda en llegarnos algo más de cuatro años; y la luz de la galaxia de Andrómeda (el objeto más lejano visible por el ojo humano sin ayuda óptica) tarda 2,5 millones de años en recorrer la distancia que nos separa.

Así, mirar al cielo efectivamente es mirar al pasado, pero a través de estas nuevas tecnologías que iremos conociendo, también estamos mirando al futuro.





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